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“Este error se convierte en sangre”: Qué siente tu cuerpo cuando corres un maratón

La mancha roja en la playera amarilla es apenas un aviso del ardor que sufrirá el individuo cuando la adrenalina baje y se dé cuenta que la sal del sudor quemará la piel abierta.

A las 5:30 de la mañana la avenida 20 de Noviembre, muy cerca del Zócalo, empieza a llenarse de gente: 40 mil personas visten licras, shorts, tenis y playeras coloridas. No es usual que esto suceda en la madrugada de un domingo. Uno esperaría ver al fiestero que regresa a casa a esa hora con un poco de alcohol en el cuerpo y una desvelada de campeonato. Pero no, este 27 de agosto no fue así. Al contrario. Desde hace meses la mayoría de los presentes duerme temprano y ha dejado de beber en exceso. Se respira en el ambiente una extraña mezcla de emoción y miedo. Todas estas personas tienen un objetivo en común: correr un Maratón.

Cierto que en los últimos años la mercadotecnia ha provocado que más personas compitan en esta prueba atlética. En la Ciudad de México, la fiebre se desató en muchos corredores que buscan completar la palabra “México” con las medallas que se entregan al final de la prueba, una letra cada año, desde 2012. Sin embargo, el cuerpo es sometido a un esfuerzo físico intenso que desafía sus capacidades. Correr 42.195 kilómetros se convierte en un reto que pone al extremo al cuerpo desde el primero momento de la competencia.

Antes del arranque Edgar Ramírez Regalado, un corredor experimentado con seis maratones, está un poco preocupado porque sólo entrenó durante 12 semanas, cuando la preparación exige 16. “En realidad no lo preparé muy bien. Hice 12 semanas, corriendo unos 60 km a la semana”, me dice un tanto emocionado. “Anímicamente me siento bien. Para correr un maratón hay que estar preparado y motivado y hoy lamentablemente vengo solo más motivado. Físicamente me siento bien, no en óptimas condiciones pero con lo suficiente para afrontar la distancia”.

La experiencia de Ricardo Montiel Torres, de 44 años, con ocho maratones encima, es similar. No tuvo la mejor preparación. Luego de correr un maratón en marzo dejó de entrenar, subió de peso y al principio del entrenamiento sufrió una lesión y presentó cuadros de infección respiratoria cada semana. “Fueron casi dos meses malos de los cuatro. Tuve lesión en el tendón de Aquiles y en la tibia. Pero en los últimos dos meses agarré mi paso y hoy me siento fuerte, completo, contento, listo, física y mentalmente preparado”, me platica con claras muestras de felicidad. Está seguro de conseguir su meta: correr la distancia en 3 horas 40 minutos o menos.

Contrastan las reacciones de los dos experimentados, más analíticos, con las de Alisson Peña, una chica de 19 años que corre su primer maratón. Junta las manos, cierra los puños, separa los pies del piso, uno después del otro mientras habla. Su cara es toda sonrisa. “Estoy muy emocionada, tengo ganas de llorar, me tiemblan las piernas”, me cuenta con una lágrima que se asoma de uno de sus ojos. Su excitación es contagiosa, quisiera yo correr pero este año una serie de sucesos, como lesiones y la falta de tiempo para entrenar, hicieron que desistiera de competir.

A las 7 de la mañana, luego de que los corredores cantan el Himno Nacional Mexicano, suena el disparo de salida. Desde el primer paso que dan su cuerpo comienza a sufrir una serie de cambios que sólo pueden soportar aquellos que se han preparado para una prueba tan fuerte y de alguna forma violenta.

“Hay adaptaciones que pueden ocurrir en los atletas”, me platicó días antes Agustín Eduardo Aguilar Martínez, médico de la actividad físico-deportivo del Comité Paralímpico Mexicano. “Empieza a subir la frecuencia cardiaca. Dependiendo la velocidad a la que se tenga estipulada alguna carrera, va a subir hasta llegar a un periodo en el que se estabiliza, así como la presión arterial. La alta llega a subir hasta 180 o 190 sobre 80 o 60”.

La cifra me sorprende. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, en una persona sana la presión arterial normal, el valor sistólico —o sea la alta— está en los 120 mmHg y el valor distólico —es decir el bajo— se encuentra en 80 (la presión, o sea la fuerza que ejerce la sangre sobre las paredes de las arterias se mide en milímetros de mercurio). “Es más fácil que la sangre retorne al corazón durante el ejercicio, porque se necesita bombear más sangre por minuto para mejorar nuestro consumo de oxígeno”, me dijo el médico.

Sin embargo, durante los primeros kilómetros uno quiere correr más rápido que en el entrenamiento porque se siete fuerte. Pero hay que controlarlo. El cuerpo va haciendo lo suyo para administrar la energía. Luego de una hora o los primeros 12 kilómetros, los carbohidratos obtenidos del arroz, la pasta integral con algo de salsa de jitomate y pollo, el pan multigrano, la rebanada de pizza con carne molida y demás alimentos consumidos 36 horas antes, en la famosa cena de carbos, ya se han terminado. Empero, no hay cansancio.

Por su parte, Araham Vargas, nutriólogo especializado en alimentación para el deporte y la antropometría me contó que en ese momento el organismo toma las reservas de grasa que obtuvo de la carne molida, del pollo, de la ensalada con espinacas, miel, fresas y arándanos. Y como si nada uno puede llegar al kilómetro 21. Pero ahí se acaba todo. Ya no hay reservas y aparece el cansancio.

“Por eso es que empiezas a comer”, me dijo el nutriólogo que también es triatleta y maratonista. “Metes los famosos geles o las gomitas (ambos son suplementos alimenticios) o algo de comer en el camino para retardar esa sensación da cansancio. Cuando tú ya llegaste a una sensación tanto de sed como de hambre ya te amolaste, ya es muy difícil que la reviertas. Además el gel tarda como unos 20 minutos en que el cuerpo lo absorba”.

Agustín Eduardo Aguilar también me señaló que el gasto energético se puede acelerar si uno sale del plan para correr la competencia: “Si se sale de lo estipulado, ir más rápido y no al paso que se entrenó, se van a empezar a utilizar otros temas energéticos que duran muy poquito. Por ejemplo, los maratonistas deben utilizar las grasas. Es lo que más energía produce pero es más lento. Si aumentamos la velocidad utilizamos carbohidratos y esos sí se acaban muy rápido. Las personas que no terminan la prueba o acaban en un tiempo desfasado son los que se salen del plan”.

Ricardo, Edgar y Alisson, los tres maratonistas que seguimos, tuvieron problemas después del kilómetro 21. A todos el cansancio les llegó. La emoción durante la primera parte de la carrera les ganó y corrieron más rápido. El cuerpo y la distancia se los cobró.

“Desde el kilómetro 25 me di cuenta que no era mi día. Me dio un bajón. Ya no podía aguantar el ritmo que traía de cinco minutos por kilómetro”, me cuenta Ricardo con expresión de dolor. Lo mismo le sucedió a Edgar: “Empecé a un ritmo constante, jalé con mis amigos, los seguí hasta el kilómetro 23. A partir de ahí me empezó a costar mucho trabajo. Me faltó más fortaleza en las piernas”. Y Alisson incluso se tuvo que parar: “En el 21 me dolió el muslo en la parte de atrás”.

Las fibras musculares de estos maratonistas se fatigaron y es muy probable que la falta de hidratación haya contribuido a los malestares que sufrieron. De hecho, uno debe llegar hidratado a la competencia, de lo contrario difícilmente la terminará. “Llega el momento en que pueden presentar calambres, lesiones musculares, contracturas y eso normalmente se da por un desequilibrio hidroelectrolítico”, me aclaró el médico Aguilar Martínez. “O sea, al perder electrolitos y tener una capacidad aeróbica baja, el músculo ya no responde a las contracciones y ya no se relaja de la misma forma”.

Para Abraham Vargas es muy importante que el corredor vaya tomando agua cada 20 minutos. De hecho, por eso es que están los abastecimientos cada dos kilómetros y medio a lo largo de la ruta. “Tengas o no tengas sed te tienes que ir hidratando. Dependiendo de cómo esté el clima necesitas meter algo más que agua. Si hace mucho calor el sudor es más excesivo, entonces necesitas meter una bebida isotónica o el gel, que también tiene sodio. Hay también pastillas de sales”.

No es para menos. Francisco Ibarra Arellanos, uno de los entrenadores de atletismo más experimentados del país, quien ha trabajado con atletas africanos como la etíope Shewarge Amare Alene, ganadora tres veces del maratón de la CDMX, me comentó que durante la competencia la temperatura del cuerpo aumenta más o menos dos grados cada diez km. “Al término del maratón tenemos una temperatura fuera de la normal. Si te la midieran antes de terminar la competencia, estás al punto de un ataque cardiaco”, dijo admirado por la resistencia del cuerpo humano.

El peor momento de la carrera de nuestros maratonistas fue después del kilómetro 30. Ricardo me cuenta con cierta expresión de alivio que en el kilómetro 36 tuvo que caminar. No hubo lesión ni calambres, simplemente el cansancio lo atrapó. Y aunque tiene una estrategia para salir de ese bache —se endereza, alza las rodillas y se dice a sí mismo que cansado es cuando debe usar sus mejores pasos—, en esta ocasión le costó más trabajo superar esa etapa.

Edgar también sabía que a partir del km 36 no la pasaría muy bien. Llegaría el dolor en las piernas y tal vez calambres. “Sentí los pies muy molidos a partir del kilómetro 30. Nunca tuve calambre pero sentía las piernas totalmente dormidas, no podía levantar las rodillas. Nunca sentí cansancio, simplemente ya no podía mover las piernas. Y es desesperante porque sabes que el ritmo cardiaco no es elevado y tratas de hacer la zancada más grande y no puedes. Fueron 12 kilómetros muy duros. Ya venía desesperado”.

“Después del 30 todo fue mental”, me platica Alisson. “Las piernas me respondían pero ya me cansé. Me empezaron a rebasar todos”.

No es solo un juego de la mente. El entrenador Francisco Ibarra me explicó que el desgaste en los músculos provoca la muerte de células. Por eso es recomendable para los deportistas amateur solo corran dos o tres maratones al año para dar oportunidad a su regeneración. “Fisiológicamente, ya con estudios científicos, está comprobado que el cuerpo humano puede correr hasta 30 km. Es lo normal, lo puede hacer cualquier persona”, comentó Francisco. “A partir de entonces aparece lo que se conoce como la pared, donde se supone que el organismo no te da para más. Por eso te dicen que los 12 últimos kilómetros son de corazón, de cerebro”.

“Si te fijas, regularmente ahí te dan el plátano”, me indicó el nutriólogo Abraham Vargas. “Con eso nivelas potasio y adquieres glucógeno. Todo lo que sean frutas el cuerpo los asimila luego, luego, y más por el cansancio que traes. Con tu fruta en el kilómetro 34 o 37 no tienes ningún problema porque eso te va a dar la energía suficiente para que llegues a la meta. El plátano te da energía más o menos para una hora; una manzana, una naranja para media”.

Luego de cruzar la metas Alisson, Edgar y Ricardo tienen el rostro avejentado por la deshidratación. Han perdido mucha agua que se ha quedado en su ropa en forma de sudor. Se les pintan ojeras, las líneas de expresión son más marcadas, el rostro se ve desencajado. Es tanto el líquido que han perdido que hasta bajaron de peso. “Una persona de 45 kilos, baja uno o kilo y medio; una de 60 baja dos o tres kilos; una persona de 80 o 90 baja seis u ocho kilos”, me aclaró Francisco. “Por eso son las descompensaciones y desmayos. Entre mayor la distancia más bajas de peso. Es agua y sales minerales que se reponen a los dos o tres días. La hidratación es al máximo. El agua te hidrata más que la bebida isotónica”.

Nuestros maratonistas no terminaron tan mal. Buena parte los corredores amateur experimentan calambres luego de su llegada. Es tan fuerte el dolor que los tira y protección civil debe venir a su auxilio. Otros han perdido algunas uñas de los dedos de los pies, tan hinchados que parecen necesitar una talla extra en su número de calzado.

Algunos hombres olvidaron detalles, como proteger sus pezones del roce con la playera. El error se convierte en sangre, que escurre desde sus tetillas como lagrimas cuando se mezclan con el rímel y se embarra en el rostro maquillado. La mancha roja en la playera amarilla es apenas un aviso del ardor que sufrirá el individuo cuando la adrenalina baje y se dé cuenta que la sal del sudor quemará la piel abierta.

Las defensas también bajan. Es un momento peligroso para el organismo porque cualquier virus o bacteria lo puede enfermar. Francisco me aclaró que si uno no se tapa, no se cuida, no se cobija, es más fácil que venga una gripa, porque las defensas están en lo más bajo, pues el cuerpo gastó todo el combustible para correr.

“Después de la competencia tienes 40 minutos para meter un carbohidrato, una barrita de alegría, de amaranto, galletas de arroz, una barra de cereal integral y una proteína que puede ser en polvo”, apunta Abraham. “Eso te va a dar de momento para recuperarte. De ahí, una hora después, te sientas a comer”.

Cierto, el cuerpo sufre con una prueba que le exige más allá de lo normal. Pero a una experiencia como el maratón no la distingue el cambio físico, sino el espíritu. Cuando Alisson llegó a la meta miraba hacia todos lados, parecía desconcertada después de correr durante cinco horas. De pronto se encontraron nuestras miradas. Caminó hacia mí y me abrazó: “¡Lo hice, lo terminé, terminé el maratón!”, me decía entre lágrimas. Se había superado a sí misma. Seguramente muchos le dijeron que no podría hacerlo, que estaba loca y para qué lo corría. Es probable que en la ruta haya encontrado alguna analogía con la vida misma, pues también aquí hay que ir contra la adversidad.

Mientras abrazaba a esta chica debutante, con los brazos llenos de otro sudor y mi mejilla izquierda con sabor a sal por sus lágrimas y las mías, recordé por qué empecé a competir en maratones. Por la catarsis, porque purifica. Después de una prueba así uno nunca es el mismo. Ahí recordé por qué empecé correr: porque me hace sentir vivo.

Fuente de la información:

infobae

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